Chicos, una mala noticia.
Acaba de morir Gregory Peck.
Perdemos a uno de los grandes.
A uno de esos señores que llenaban la pantalla al más viejo estilo de los años 40 y 50.
Sin él, nunca nos habría emocionado un juicio tanto como el de
Matar a un ruiseñor.
Llenaba la pantalla con su bendita presencia del mismo modo en el que lo hicieron sus otros compañeros de trabajo grandes: Cary Grant, James Stewart, Henry Fonda, Gary Cooper. Galante, amable, excelente actor y dicen que mejor compañero. Afortunadamente no se dedicó a la medicina, tal y como quería su padre, y nos dejó películas tan maravillosas como
Días de Gloria, Recuerda, Duelo al sol, El hidalgo de los mares, Los cañones de Navarone....
Durante mucho tiempo deseé que todos los idús de marzo se apiadaran de mí y no se lo llevaran antes de poder hablar con él. No he tenido suerte.
Hoy ni soy mala ni quiero serlo.
Hoy estoy muy triste y puede que os sorprenda, pero soy una de esas mujeres capaces de llorar de pena porque sus seres idolatrados desaparecen sin remedio.
Sólo espero que allá donde vaya, se monte una estupenda juerga con mis otros grandes: Cary Grant y Billy Wilder. Y esperen, sin demasiada prisa por favor a Woody Allen.
Desde aquí, mi devoción, mi admiración y puede que mi enamoramiento.