DESDE EUROPA, por Manuel Yáñez Murillo(para
Otros Cines)
El caso Shyamalan
Un análisis de la desconcertante El fin de los tiempos y del lugar que el director de Sexto sentido tiene dentro del panorama actual del cine norteamericano.
Sumidos en la tarea de refundar el imaginario estético de su cine, muchos directores norteamericanos parecen volcados en la realización de films-compendios a través de los cuales rastrear sus propias raíces, enunciando cuál es el lugar que ocupan en el marco del cine contemporáneo. El primer síntoma evidente de esta tendencia lo encontré de la mano de Paul Thomas Anderson, cuyo Petróleo sangriento se me antoja la punta de lanza de un proceso colectivo de evocación de un cierto clasicismo transmutado en fervorosa modernidad -aquí, el recuerdo de El ciudadano (1941) y Codicia(1924), entre otros, interpretado a través de L’intrus (2004) de Claire Denis-. Luego, le llegó el turno a James Gray, que en realidad llevaba ya algunos años trabajando en la recuperación de los ecos ancestrales (literarios, pictóricos y mitológicos) presentes en sus referentes cinematográficos -El Padrino (1972) o El francotirador (1978)-. Aunque eso fue hasta Los dueños de la noche (2007). En Two Lovers, presentada en el último Festival de Cannes, lo que se materializa en las imágenes es un proceso de mutación, de herencia y transmisión, del clasicismo hitchcockiano (tamizado por Leo McCarey y Ernst Lubitsch) a la vibración en fuga de la modernidad europea, de los cuentos morales de Eric Rohmer a los dilemas sentimentales de François Truffaut (estamos ante "las dos americanas y el amor").
En cualquier caso, refundación y herencias no sólo epidérmicas. No me refiero aquí al torrente de remakes en el que vive sumida la industria de Hollywood, aunque alguno, como veremos, forma parte del conglomerado nostálgico que da forma al más relevante cine norteamericano actual. Los préstamos y homenajes aquí mencionados son resituados por los cineastas de hoy en un territorio extraño, cuya tendencia a la abstracción los despoja de su contexto original (que les permitía fluir de un modo cercano al naturalismo) y los convierte en figuras retóricas distantes. Es por todo esto que El fin de los tiempos/The Happening, la nueva película de M. Night Shyamalan, es un film más interesante que entretenido, más sugerente que envolvente. En este sentido, la senda tomada por el director de El protegido (2000) resulta asombrosa en el marco del Hollywood actual. Como Las horas perdidas/Southland Tales (2006) y, en menor medida, Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, The Happening actúa mediante la regurgitación del cúmulo de referentes que atesora. Su aspiración es erigirse en simulacro transparente de las películas de terror y ciencia ficción de serie B de los años 60, pero termina carcomida por su propia intertextualidad. Así, cabe preguntarse, por ejemplo: ¿Por qué las películas de Kiyoshi Kurosawa pueden asimilar plácidamente sus referentes clásicos y de serie B americana en el contexto del Japón contemporáneo y Shyamalan (como Richard Kelly o el propio Gray) debe resignarse a hacer un cine marcado por las cicatrices y estigmas que procura la actualización de sus referentes?
El fin de los tiempos, además de asentarse sobre los temas recurrentes del cine de Shyamalan (familias disfuncionales, la respuesta ante lo siniestro, las formas del miedo, la tendencia del ser humano a la alienación…), invoca una extensa lista de materias primas poco digeridas (presentes casi en estado bruto): de Invasion of the Body Snatchers (1956) y Bésame mortalmente (1955) a La noche de los muertos vivos (1968), llegando finalmente a las texturas rocosas y violentas de John Carpenter y a la revisión post-11-de-septiembre de Guerra de los Mundos (2005), de Steven Spielberg. Referentes que le sirven para elaborar un relato apocalíptico con visos de serie B que da forma a una parábola social en la que una enigmática fuerza destructiva empuja al suicidio en masa de la población. Lo curioso es que Syamalan se apropia de forma acumulativa de todos los males sociales presentes en sus referentes: la paranoia (de la Guerra Fría al terrorismo actual), el militarismo, la perversión del concepto de seguridad, el fanatismo religioso, la agresión del hombre sobre la naturaleza… Una acumulación que funciona como agente enigmático, percusor del suspense, pero que obtura el desarrollo armónico de la acción. Es El fin de los tiempos una película que sufre de éxtasis, incapaz de contener sus impulsos deconstructivos. Inevitablemente, una película que se disfruta más al analizarla que al verla. Un film incapaz de recrear la inocencia de otros tiempos, factor que facilitaba el goce de la narración en estado puro, al margen de su subtexto político, sociológico o filosófico. Sin ese punto de ingenuidad, una vez el autor y el espectador han pactado un grado de autoconciencia, lo que queda son mecanismos narrativos disecados, un cuerpo fílmico inerte, eso sí, apasionante de cara a la realización de su autopsia, algo que, por otra parte, no carece para nada de interés.
El fin de los tiempos es una película desconcertante, algo mermada por lo que se intuye una excesiva conciencia de autor de la que hace gala su realizador ¿Cómo definir esos diálogos en la frontera entre la comedia romántica hollywoodiense y la declamación straubiana? ¿Cómo explicar el sentido del humor que emerge súbitamente en la narración? Se me ocurre pensar en el “posthumorismo”, un concepto que le escuché al crítico español Jordi Costa al referirse al programa televisivo Muchachada Nui. Según Costa, se trata de un tipo de humor que no busca provocar la risa, sino otro tipo de sensaciones, como pueden ser la perplejidad, el estupor o la vergüenza ajena. En otro orden de excentricidades, no hay duda de que sería de lo más entretenido proponer una competición entre la película de Shyamalan y Profit Motive and the Whispering Wind, de John Gianvito: ¿en cual de las dos hay más planos de ramas de árboles batiéndose al viento?
Desde La dama en el agua (2006), Shyamalan parece algo obcecado por la necesidad de dejar siempre patente su genio, hecho que le mueve a abusar de sus marcas estilísticas (cámaras lentas, travellings frontales o de alejamiento); sin embargo, su cine sigue investigando de forma atractiva e inquietante los mismos modelos narrativos que dieron lugar a sus mejores películas (El protegido y La aldea -2004-). Mientras, la creciente abstracción hacia la que apuntan sus últimos trabajos dibuja un horizonte sugerente que, si le dejan (a pesar de su bajo presupuesto, The Happening es una auténtica rareza en el mainstream norteamericano), podría conducir hacia propuestas todavía más radicales.