Los hay que sólo pueden ser amados u odiados sin término medio. Es lo que ocurre con este señor. Por mi parte, desde que vi “El Sexto Sentido” y continué zampándome la filmografía de M. Night Shyamalan, me convertí en ferviente seguidora suya. Lo sutil de sus fantasiosos cuentos de terror, que siempre enlaza con asuntos político sociales, me deja anonadada. Cuentos escritos y dirigidos para quien quiera mirar más allá y acepte y disfrute sin prejuicios del modo personal que tiene dicho individuo de contarte una historia.
Con esta misma estructura, que a pesar de ello resulta enormemente original y distinta de anteriores (¡¿qué demonios tiene este hombre en la cabeza?!), “El Incidente” nos advierte esta vez de la peligrosidad de nuestro descuido y mal comportamiento en cuanto a nuestra querida amiga naturaleza se refiere, que empieza a cabrearse (realmente, pueden verse en la película las plantas mosqueadas) y nos la devuelve liberando toxinas por doquier. El calentamiento global del planeta es tratado sutilmente con el pretexto de repentinos suicidios colectivos que comienzan en un parque de Nueva York y que esconden el claro significado de que estamos matándonos a nosotros mismos, además de haber perdido conciencia y cordura, y que por ello, lo único que debemos temer hoy en día es a nuestra propia persona. Casualidades de la vida que los hechos ocurran en Estados Unidos para,
a posteriori, extenderse fuera de éste, pues “para que los demás se den cuenta del problema, debe ocurrirles a ellos”, involucrando y culpando al mundo entero del temita.
Un original argumento en que Shyamalan se decanta por el viento como materialización del terror puro, que es, de todas maneras, un simple medio para alcanzar sus objetivos argumentales y no un fin en sí mismo como género. Los conflictos que en realidad sus personajes han de resolver son los psicológicos que vienen arrastrando de muchísimo antes y no los físicos a los que se enfrentan en el presente, surgiendo tales planteamientos sólo en esa situación de tensión necesaria para resolver los problemas cotidianos en las relaciones entre ellos. Por eso la historia no resulta tan surrealista. Por eso es tan complicado encasillar a su director en un género y es inevitable pensar: “Entonces esto, ¿qué narices es?”.
Sorprende la crudeza del mencionado terror utilizado esta vez, más explícito que nunca, con escenas de verdadero impacto visual y psicológico (prólogo insuperable) y una tensión que realmente acelera el pulso, que junto con el uso de la cámara inmóvil, los planos largos o desde lo alto, además de la siempre eficiente música de James Newton Howard, en un todo envuelto en un ambiente místico y extrasensorial y aún así perfectamente palpable, hacen del filme otra genialidad más del director hindú, que a nadie más podría habérsele ocurrido.
Muy agradable me han resultado detalles como la vuelta a los colores como medio de expresión de sentimientos y sensaciones, al igual que en mi adoradísima “El Bosque”, esta vez con un anillo que cambia de color, o la utilización de los silencios que tanto hablan por sí solos, así como ligeros toques de humor en medio de tanta desesperación.
¿Pegas? Por supuesto. Shyamalan se vale de los últimos minutos de la cinta para alargar una historia que no debería excederse más, resultando un desenlace un tanto forzado al que no nos tiene acostumbrados. Asimismo, y resultando esto normalmente uno de sus platos fuertes, los personajes no están del todo definidos ni profundizados, a pesar de la sorpresa agradable de ver a Mark Wahlberg con expresión facial.
En resumidas cuentas, yo, personalmente, sigo adorando a M. Night Shyamalan, pues resulta muy difícil hoy en día encontrarse con tan dulces rarezas, sutilmente cargadas de tanto sentido.
Gracias, Manoj.
Nota:
7'5 negociable.