En general, casi todo se reduce al cómo; incluso si hablamos de la escritura del guión: puedo tener una idea muy buena, pero si la trama no está a la altura, entonces al final no hay interés. Un buen ejemplo, ya que hablamos de Hitchcock, es
Los pájaros -precursora, por cierto, de todos los enjambres y marabuntas posteriores-: unos pajarracos indeseables atacan a los habitantes de un tranquilo pueblecito costero de California. Dicho así, suena a chufa, pero la opinión cambia necesariamente al ver la película. De hecho, la idea parece extraída de la serie B más cutre. De este tipo de películas hay muchos ejemplos:
La mujer pantera es otro. Una chica eslava que se transforma en pantera... Puff. Ves la película y cambias de opinión.
La idea de
Hamlet parece muy atractiva. Sin embargo, si Shakespeare hubiese sido un mal escritor, la obra no tendría interés a pesar del ingenio de su premisa. O los
Cuentos de Tokio de Ozu, sobre el papel una historia lacrimógena digna de las sobremesas de algunas cadenas de televisión; en la pantalla, un buena película.
El qué es el cómo; cuando uno piensa en qué quiere contar, piensa también en cómo quiere contarlo: escribiré tales diálogos, moveré la cámara así o asá... Son la misma cosa. La idea solo representa el inicio del desarrollo; o sea, el comienzo del cómo.
Por cierto,
Amon, de cutre nada. La única forma de empalmar los planos sin que se notara el corte era esa. Sokurov consiguió una película rodada en un solo plano gracias a la tecncología digital. Hitchcock tenía que cambiar el rollo por narices y también evitar que se viera el empalme. La forma de resolver el problema es muy ingeniosa.